jueves, 2 de febrero de 2012

Al fin sonrío este año.


La Habana Cuba, enero de 2012
Joisy García Martínez.

El miércoles pasado trataba de resolver uno de los trámites que casi todos calificamos como “engorrosos, burocráticos”, de esos, que con simplemente mencionar su nombre, hace que nos apretemos los labios, suspiremos profundamente y frunzamos el ceño. Imagino que algo similar debe pasar en muchas latitudes del planeta, cuando de trámites gubernamentales se trata, pero en Cuba, como alguien dijo “cuando no llegamos nos pasamos”. Escribiré su nombre, para que todo cubano que lea o escuche esta anécdota, en honor a sus recuerdos vuelva a sentir lo mismo. Se trata de un cambio de dirección de domicilio en el CIRP (Carnet de Identidad y Registro de Población) ¿ya suspiraron verdad?

Bueno, ahora voy a relatarles lo que me dio risa en este día, mientras esperábamos que el tiempo transcurriera sentados en el portal del local, un cuentapropista muy simpático y recurrente, que pregonaba muy alto y serenamente la venta de sus caramelos, llamaba nuestra atención, al decir en su imaginativo pregón: “Compra tu caramelito, para que se te alegre el corazoncito, dulce dulce, que te quiero dulce, de mentica y naranjita, para engordar tus piernitas y sus nalguitas”… Todos sonreímos de su inusual iniciativa, nada que ver, cosas que suceden.

El pregonero automáticamente ganó simpatizantes que le compraron sus caramelos, y al casi irse me dispuse a comprar algunos. Al pedirle los caramelos y el sabor, el en voz baja y mirando para la Estación de policías que controla “el orden interior” y que nos quedaba bien cerca nos dijo en un susurro: “Al fin puedo gritar en voz alta aquí compadre, aunque sea al pregonar la venta de mis caramelos”. Su ingeniosidad nos dio tanta gracia, que tuvimos que reír todos y urgente intervine: “¿Qué está usted queriendo decir, que vivimos en una dictadura?, porque que yo sepa, donde único no se puede gritar exigiendo lo que se quiere es en una dictadura, así que, grite usted compadre!”. Automáticamente y sin pensarlo, con voz armónica y jovial, me respondió… No, no, no, compay, eso lo ha dicho usted. Sonriéndonos ambos nos despedimos, con esa enorme mirada pícara, que nos sumió en la complicidad de nuestra frustrada falta de indignación.


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