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martes, 7 de agosto de 2012

Mis memorias de 100 y Aldabó.

Segunda parte.

Recuerdo un enorme edificio de unas cuatro o cinco plantas. A su entrada había un cartel que nos obligaban a leer, eran las reglas penitenciarias de 100 y Aldabó, una enorme lista de carácter disciplinario, militar.
Posteriormente me mandaron a quitar los cordones de los zapatos, el cinto y todas mis pertenencias. Asombrado, sin cinto y sin cordones, subimos como hasta el tercer piso. En el ala derecha había una puerta de hierro, tras ella aproximadamente cinco personas dentro, que serían a partir de ese momento mis compañeros de encierro.

Mi nombre había cambiado, ya en verdad no recuerdo si eran cuatro o cinco dígitos, lo cierto es que mi nombre dejó de ser Joisy García Martínez y pasó a convertirse en una numeración matemática que mis compañeros de infortunio constantemente me recordaban cuando gritaban el número, para ir a lo que ellos llamaban: proceso de instrucción o interrogatorio.
Sin colchón y con mucho frio, bajo continuos interrogatorios y durmiendo en cuatro losas por tres en el piso frente al apestoso baño-letrina, me pasé los siete primeros días.
De Iván no había sabido nada desde hacía un buen tiempo. No tenían nada que me inculpara en complicidades, robos o ventas y en todos los interrogatorios, que gracias a Dios solo fueron siete días, trataban insatisfactoriamente de que me inculpara a mí mismo, sin nunca presentar pruebas o un careo como yo exigía, con Iván o con quien fuera.

Llamaba mi atención que en los interrogatorios, que primeramente son prolongados, los aires acondicionados no tenían botón, y a mi entender estaban al mínimo de temperatura, pues nos dejaban esperando por los instructores en ese horrendo frio más de lo necesario, como recordatorio de que estabas en sus manos y que ya no eras una persona. Todas las visitas fueron cada siete días por diez minutos y con un oficial presente.
Un rayado letrero en la celda, al parecer con cuchara, nos decía: "no cambies días por años, todos somos inocentes" y sobre esa máxima conversábamos de todo a diario, identificábamos (para pasar el tiempo) lugares célebres, históricos, etc., como si fuéramos un panel de "Escriba y Lea", un programa televisivo en Cuba. Por supuesto que no todos comprendían por su ignorancia y bajo nivel educativo, pero nos era útil y aprendíamos.
Siempre que salía un compañero a ser interrogado, todos repetíamos: "recuerden que somos inocentes hasta que ellos nos demuestren lo contrario, no cambien días por años", y fue de esta manera que conocí de varios casos: un drogadicto, un merolico casi millonario que resultó ser amigo de un supuesto amigo de mi papá.
Recuerdo a un muchacho que se endrogó y emborrachó y como consecuencias de la intoxicación, con la sevillana del barbero de su barrio, cortó a mas de 15 personas que pasaban por doquier, un totalmente loco, al cual le di mis zapatos para que pudiera irse para la prisión Combinado del Este, algo que en el argot penitenciario llamaban: "cordillera", pues decía estar mejor en la prisión que en 100 y Aldabó. También conocí a un supuesto narcotraficante habanero de mariguana, algo así como un verdadero delincuente.
Mi primera visita fue a los siete días y solamente por diez minutos. El día anterior pasan los carceleros preguntando si te quieres afeitar, yo personalmente no quería trasmitir mal imagen a mi madre, por lo que acepté. Para mi desgracia y error, tan mal servicio y tortura. después de los constantes martirios psicológicos, fue la mejor tortura física que experimentaron conmigo, esposado y sin que nunca antes hubiera pasado la navaja por el afilador, mis lágrimas brotaban como de una cascada, expresión evidente del desprecio por el prójimo. Pero pensaba en dar la mejor impresión a mi madre, cosa que no sucedió más, pues determiné no afeitarme jamás en 100 y Aldabó con ese verdugo e hijo de su madre.
Del menú alimenticio, que era constante y sonante de aquel tiempo inolvidable, puedo decir que en la mañana nos daban un minúsculo pan con agua y azúcar.
Al mediodía un huevo hervido, arroz, un caldo (que llamábamos sopa de caracol), chícharos o frijoles aguados.
Y en la tarde lo mismo: arroz, sopa de caracol, chícharos y una masa de croquetas al horno que constituyó el plato fuerte en todo mi tiempo en prisión, es decir, la especialidad de la casa-prisión, que me produjo una gastritis crónica que me llevé y conservo todavía como recuerdo. Todas estas supuestas raciones estaban bien racionadas, por supuesto.
El hotelito era todo lo contrario de lo que desearan sus "turistas", una evidente maquinaria socialista para acoquinar e intimidar.
Puedo señalar que jamás vi un golpe o a un perro morder. Pero uno que entró guapo, en horario de la noche, le hicieron quitar toda la ropa, todos oímos el show y sentimos como tiraban un cubo de agua en la celda. Hacía bastante frio y en la mañana le preguntaron: ¿vas a seguir de indisciplinado?... y el valiente momentáneo contestó que no. Al parecer se le había pasado la guapería barata que le producía el alcohol.
De esta forma transcurrieron mis 21 días de cautiverio en 100 y Aldabó. Todos mis familiares y vecinos lo sabían, nadie que sale de esas horribles experiencias las oculta, esta marca queda y duele para siempre.
Al salir, un serio y enorme amigo que tengo, y que por cierto no veo desde hace tiempo, me invitó a una paladar. Almorzamos juntos, nunca se me olvidará aquella evitable odisea en un país sin un mínimo de exigencia poblacional al Estado de Derecho. sin explicaciones, disculpas y con las sencillas palabras: "ya te vamos a soltar", volví a ver el Sol.
Al salir de la prisión, sin cargos y no habiendo denunciado nada ni a nadie, fui recibido en mi barrio como todo un ser que había pasado por la peor experiencia del momento. Recuerdo que un vecino me dijo: "ya te graduaste de hombre". Contrariamente a lo que ya habían dicho otros, la cárcel si no es política, es decir, por vergüenza, es para los comemierdas.
Recientemente vi a Iván. Tiene una maravillosa familia con un hijo pequeño. Está de cuentapropista en un lugar no muy lejano de La Habana. Me invitó a almorzar y compartimos debajo de un aguacero terrible, rememoramos aquellos aciagos días de 100 y Aldabó. Charlamos de su antigua familia (esposa y suegra) que en esos difíciles momentos lo abandonó. Él cumplió un año preso en el Combinado del Este, por una extraña ley o procedimiento arbitrario que tildaron en llamar en esos momentos: "Por convicción", que no es más que tener evidencias no comprobadas de que usted cometió un delito o lo intentó.
Al contarle que escribiría mis memorias sobre los hechos se asombró, pero él no quiere saber nada más de aquello, ni recordar aquella triste experiencia que nos tocó, para nuestra desgracia, mal vivir.
Espero que este mal rato, y peor relato, motive a los que nos lean y hayan pasado por esta prisión castrista a narrar sus experiencias en el espacio de Andy:
Así sentiré que ha valido la pena todo, absolutamente todo. La memoria histórica de tantos torturados bien vale le pena recordarlas.

100 y Aldabó

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