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martes, 24 de mayo de 2011

Diario de un mártir, Pedro Luis Boitel.

La Habana, Cuba, mayo de 2011
Carretera de San Pedro.
Joisy García Martínez.

¿Hasta cuándo el sufrimiento de tus hijos, Cuba mía?

Un día como hoy 24 de mayo del año 1972, Osvaldo Figueroa Gálvez “Maqueca”, compañero de celda de pedro Luis Boitel escribió en su diario:

No he dormido en toda la madrugada, así como otros compañeros.
Se quejo en su inconsciencia durante toda la noche. Tiene un aguante inmenso, nunca pensé que durara tanto tiempo un ser humano sin alimentarse. Pedro es el más flaco de todos y con padecimientos estomacales que le quedan de sus huelgas anteriores. Lo que lo mantiene es su espíritu de siempre, aun en sus últimos momentos, está dando una pelea tremenda. Sus armas: la moral, la razón y la justicia. Nos está enseñando el máximo comportamiento de un idealista ante la muerte.

Indudablemente que es un gigante.

8.25am. Su quejido ha ido apagándose poco a poco. Es ya imperceptible, pero sigue moviéndose. Se acaba de despertar. Hoy es el tercer día sin tomar agua ni orinar. Esto es el fin.

9.10 A.M. En la galera hay un respetuoso silencio. Estamos viendo morir a un compañero. Quizás la muerte mas triste, “de hambre”, una muerte lenta, de horas, días y meses con plena conciencia de lo que sucede a su alrededor. Llamé a Edgar para que le eche fresco, mientras le paso un algodón mojado en agua por sus labios secos. Al sentir la humedad era como si la vida le volvía. Se tranquilizó. Al minuto llevó sus dedos con trabajo a la boca. Quería de nuevo que le pasara por sus labios el algodón húmedo. Se lo hago. En su rostro refleja algo que no puedo explicar.

Ahora se lleva su mano derecha al muslo. Hace esta operación varias veces. Quiere decirme algo con eso, pero no sé lo que es. Hace otras señas pero no las comprendo. Quiere hablar o decir algo por gestos. Llamo a Alonso para ver si él puede entender algo de los movimientos de su mano derecha.

Tampoco. Lo pongo a orinar. Nada. Es desesperante. Hay dos compañeros abanicándole. Lo miré bien. Prácticamente es un cadáver lo que hay acostado en la cama, es un bulto pequeño lleno de huesos.

Hablando con dos compañeros, les mostré lo que quedaba de Pedro. Levanté la sabana y asombrados. Uno comentó: “está liquidado”. Su cuerpo consumido totalmente. Apenas tiene movimiento. Pesa unas 78 libras más o menos.

10.03 A.M. Se volvió a despertar. Movió su mano derecha pero ya no tiene coordinación. Se lleva la mano derecha hacia su ojo y se le iba para encima de la cabeza. En un segundo intento se toca la frente y de ahí palpando con las yemas de sus dedos, llega al fin a su ojo. Lo abrió, miró y lo cerró. Al parecer quiso ver con ansiedad todo lo que a su alrededor sucedía, como queriéndolo ver lo mas posible en su ultima mirada. Tenía la boca abierta y empinada hacia arriba, como queriendo atrapar el aire que se negaba a entrar en sus pulmones. Su respiración era lenta, anhelosa y ronca, como la de los moribundos. Está agonizando con absoluta conciencia de su cruel situación y profunda resignación de su muerte. Sufría callado. Esperaba pacientemente…

No pude aguantar más. Le pedí al jefe de la galera que llamara con urgencia a Valdés, ¡que lo estaban asesinando! Inmediatamente se le pidió al sargento que está de posta que viniera Valdés, que Pedro está muriéndose.

1.15P.M. Llegó Valdés. Se le explicó que Pedro se moría y que tenía que llevárselo. Se le exigió. Valdés, sin mirar a Pedro, dijo que ya tenía la orden de sacarlo.
¡Al fin! Enseguida, dentro de media hora vendrían los camilleros a buscarlo. Y se retiró…! Hay esperanzas, hay esperanzas! Dijimos algunos.

4.40 P.M. Acaban de sacar a Pedro. Vinieron tres sargentos con una camilla. Entre Miguel y yo cargamos a Pedro y lo colocamos suavemente, con colchón y colcha, en una camilla.
Alonso, momentos antes, le había colocado debajo de su almohada una medalla del Sagrado Corazón.

Tenía su ojo cerrado, pero vivo aún. Respiraba. Mientras hay vida hay esperanza. Además, ahora no se puede morir. Los compañeros se colocaron a los lados del pasillo, querían verlo, decirle adiós a su manera. Yo le puse mi mano sobre su cabeza como un estimulo a una esperanza.

Sentí un vacío inmenso cuando salio, con él se fue algo mío. Le dije al sargento que me había pedido – fue en unos días anteriores- le pusiera los zapatos, el reloj, los espejuelos y el bastón. El reloj lo lleva puesto en la muñeca izquierda, los zapatos, espejuelos y el bastón van en la camilla. El sargento me pidió los zapatos y espejuelos para llevarlo él. En su cuello enflaquecido colgaba su cadena de oro con sus medallas, una de la Virgen, otra de San Lázaro y una espadita.

Era la 1.40 de la tarde del día 24 de mayo. Completó su día 53 de huelga de hambre. Lo sacaron por la salida que da a la calle o a la entrada para la Sala Pity del Hospital de aquí, del Príncipe. Pienso que va para el Hospital Militar, donde estuvo casi tres años la otra vez.

Ya todo terminó. Siento un gran vacío dentro de mí. Con él se fue algo mío. Estoy cansado a más no poder. La fatiga invade mi cuerpo y lo que quiero es descansar. Cerrar los ojos y que cuando los abra saber que Pedro está bien. Creo que n o hay más nada que poner. Lo demás lo dirá el tiempo.

9.25 P.M. Pensé que ya esto había acabado. Estuve esperando para ver si escribía o no. Después he meditado, vuelvo a escribir por estar relacionado con Pedro. Como a la hora de que lo sacaron, vino un sargento y pidió el plato de él. Le dije que lo había guardado porque no hacia falta. Entonces me dijo que le diera otro o una vasija para llevarle la comida. Eso indica una sola cosa. Está en la sala Pity del Hospital de aquí, o en otro lugar del Príncipe. ¿Con que fin? Le irán a dar asistencia o lo dejaran morir. Sólo queda esperar y rezar por su vida.
Fragmentos de “Diario de un Mártir” Pedro Luis Boitel 1931-1972, conmovedor testimonio e importante relato histórico, escrito por Osvaldo Figueroa Gálvez, compañero de Pedro Luis Boitel en la prisión del Castillo del Príncipe.

joisygarcia@gmail.com

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